Crucero ARA General Belgrano

Gestas de las Islas Malvinas y del Atlántico Sur

El viaje de regreso marcó la fase final del adiestramiento. Los ejercicios de tiro con todos los calibres, fueron excelente corolario de 22 días de navegación y 5.000 millas recorridas. El 12 de febrero amarró en Puerto Belgrano. Al regreso de la navegación, se inició la fase de mantenimiento del crucero.

Entrada la primera semana de marzo, se comenzó a notar un aumento periodístico relacionado con las Islas Malvinas. Los argentinos siempre estuvimos pendientes de los debates en las Naciones Unidas y de las declaraciones internacionales sobre el archipiélago. Seguramente nada parecido sucedía con el ciudadano inglés medio, a quien además le costaría entender nuestro fervor por las Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur.

Las discusiones mantenidas en un plano relativamente bajo, comenzaron a endurecerse y ello se reflejó en comunicados oficiosos de Gran Bretaña y en un comunicado oficial del gobierno argentino que llamaba la atención internacional, acerca de los infructuosos esfuerzos de negociación durante 15 años que la Argentina encaró con buena fe. Cada día de marzo fue mostrando mayor profundidad en las divergencias y el empeño de Gran Bretaña por evitar un entendimiento pacífico. La demostración de fuerza al enviar un buque con infantes de marina a Georgias, para expulsar a una empresa argentina que trabajaba allí bajo contrato, fue una clara evidencia del espíritu que animaba al gobierno inglés. Como consecuencia de esa situación, la Flota fue alertada a mediados de marzo.

Consecuentemente, se cortaron las licencias y comenzó la preparación para una eventual zarpada de las unidades. Nosotros estuvimos al margen de ese alistamiento inmediato, por tener importante equipos desarmados; pero varios tripulantes debieron ser trasladados a otros buque para cubrir faltantes ( las dotaciones en tiempos de paz son un 30% menores que en tiempo d guerra).

Los muelles adquirieron a partir de ese momento, un tránsito mayor por el movimiento de camiones con combustible, munición y víveres.

Con la rutina cambiada por la intensa y febril preparación del material, la preocupación por un adiestramiento exigente y adaptando la mente y el espíritu a una sensación desconocida, se llegó al día de zarpada de la Flota de Mar, constituida para esa operación como Fuerza de Tareas Anfibia 40 (naves de combate, transporte y logísticas, aviación naval embarcada, tropas de desembarco de infantería de marina y ejército).

Con la zarpada de la Flota pudimos concentrar a bordo del crucero una mayor cantidad de operarios para retomar los trabajos suspendidos unos días antes. La orden recibida, de estar en condiciones de zarpar cuanto antes, llevó a multiplicarnos para apoyar al Arsenal, recibir a nuevos tripulantes, desembarcar material prescindible, realizar nuestras propias tareas en los cargos y tantos otros trabajos que pasaron a tener prioridad absoluta, como transformar la enfermería en un verdadero hospital. Los suboficiales de cargo extremaban como nunca la supervisión para no dejar en tierra ningún material vital para la campaña, pues ignorábamos si podríamos tomar algún puerto de la Patagonia para reabastecernos, después de zarpar de Puerto Belgrano.

A partir de la llegada de la flota a Puerto Belgrano, se incrementaron las expectativas por la inmediata evolución de la situación. En las islas quedaron tropas argentinas y ello significó una efectiva participación en apoyo.

Las conversaciones políticas y diplomáticas robustecían o debilitaban las distintas hipótesis del conflicto. Los preparativos de una fuerza expedicionaria británica eran seguidos con atención por los responsables de la planificación. Los dirigentes argentinos de todos los niveles y sectores unían sus opiniones para coincidir con la acción desarrollada hasta el momento.

Mientras todo esto sucedía en el entorno del crucero, a bordo se siguió trabajando para estar alistado rápidamente, como presagiando una zarpada en cualquier momento. El protagonismo que estábamos desempeñando hubiera sido imposible imaginar muy poco tiempo antes.

Al terminar la primera semana de abril, se completó la puesta a punto de los sistemas y mecanismos. El adiestramiento pasó a ser prioridad casi absoluta, con ejercicios que simulaban bajas y averías. Se asignaron nuevos puestos de combate de acuerdo a la experiencia y capacitación individual.

El embarco de un helicóptero Alouette de la Aviación Naval, fue un acontecimiento novedoso y otorgó una capacidad extra al crucero.
 

En los días de Semana Santa, del 8 al 10 de abril, el trabajo y el adiestramiento tuvieron la misma intensidad y ardor que en los días precedentes. La diferencia fue que el Capellán de la Flota pasó más a menudo por el buque y su presencia constituyó un benéfico paréntesis para esos agitados momentos.

El 16 de abril comenzó la maniobra de separar el buque del muelle y al llegar a aguas abiertas se adoptó rumbo sur. Mientras el resto de la Flota se mantendría al norte de las Islas Malvinas, nosotros debíamos dirigirnos hacia la zona de Isla de los Estados.
Como Grupo de Tareas 79.3 se nos encomendó una primera misión con varias tareas, entre las que se contaban:

* La defensa de la línea de costa, ante eventuales intentos de operaciones de desembarco inglés.
* La vigilancia de los accesos Sur al Teatro de Operaciones Malvinas.
* La interceptación de unidades enemigas de acuerdo a órdenes.

Los tres días de navegación fueron de adiestramiento intenso y sin diferencias entre el día y la noche. Pasamos severas exigencias de prácticas de combate naval y antiaéreo; de siniestro y de abandono y muchas veces se ordenó volver a cubrir los puestos de combate, cuando no habíamos logrado bajar el tiempo de la práctica anterior. La permanente rotación de las guardias con las severas vigilias que ello implicaba, tenía su contraparte en los horarios de las comidas, por ser breves momentos de expansión para descargar tensiones.

La excitación aumentó el 19 de abril, cuando la artillería realizó tiro sobre las rocas de la costa sur de Isla de los Estados, para probar los mecanismos y foguear a las dotaciones. Vale aclarar que los ejercicios de tiro en la paz se realizan con proyectiles inertes, que al hacer impacto no estallan. El hecho de manejar en ese momento munición con espoletas colocadas, fue suficiente para que cada hombre probara su capacidad de autodominio. Por su parte los apuntadores de cañones antiaéreos templaron sus nervios con los ejercicios de puntería sobre vuelos erráticos de nuestro helicóptero.

A través de informativos diarios difundidos en una audición radial, producida por un grupo de tripulantes por la red de parlantes del buque, nos enterábamos de la evolución del conflicto, de los aportes positivos o negativos de la comunidad internacional, de las declaraciones del gobierno argentino y líderes políticos, etcétera.
 

Después del 20 de abril se conoció la definitiva constitución de las fuerzas navales británicas. La componían 123 unidades de todo tipo encolumnadas a partir de la Isla Ascensión hacia el Atlántico Sur. La posibilidad de reabastecimiento y alistamiento isla que pertenece a los EE.UU., favoreció de manera decisiva el despliegue inglés. Las fuerzas navales patriotas contaban con 33 unidades.

Aviones de exploración propios detectaron en esos días a los grupos de avanzada; navegando hacia el sur, a 13 nudos de velocidad (24 km/h) y en posición a 1.500 milla marinas (2.800 km) al Este de Buenos Aires. Por lo tanto le quedaban 3 días de nave para llegar al paralelo de Malvinas.

Por información de inteligencia Argentina, se conoció la zarpada de submarinos ingleses de propulsión nuclear y convencionales, que en navegación independiente llegarían al área de operaciones Malvinas.

Para mantener la reserva de combustible y recambiar munición, el crucero debió tomar puerto de Ushuaia. Cruzamos el estrecho de Le Maire el 22 de abril y nos internamos por el Canal de Beagle. No fue cómoda esa navegación entre costas tan cercanas, pues no se contaba con una valiosa característica del buque de guerra como es la libertad de movimiento.

A 18:30 hs atracamos y todos los servicios de la Base Naval se pusieron a nuestra disposición. Cadenas humanas embarcando munición, víveres y otros materiales llenaron el muelle, mientras por la tubería llegó el combustible tan vital. Los francos estuvieron cortados y sólo bajaron a tierra los que debían cumplir alguna tarea muy especial. El sol brilló a pleno destacando los picos nevados y dando lugar a un goce espiritual para sentirnos mejor. La estadía también sirvió para airear y limpiar mejor el buque.

Vinieron a bordo autoridades navales de Tierra del Fuego con quienes se realizaron coordinaciones en forma personal, lo que evitaría hacerlo desde el mar donde nuestras comunicaciones podían ser interceptadas y ubicada nuestra posición por el enemigo. También desde la radio de la Base se transmitieron y recibieron mensajes a y del comando superior en el mar.

Zarpamos el 24 de abril a las 08 hs, mientras comenzaba el amanecer. Recibimos información que por el Pacífico se acercaba lo que podría ser nuestro primer objetivo: una fragata y un buque logístico inglés, que habían cruzado el Canal de Panamá días antes. Atravesamos el estrecho de Le Maire el día 24 cuando ya anochecía.

Por los parlantes del buque escuchamos a las 19 hs el parte de novedades que era habitual por Radio C4 (bautizada así la audición diaria que realizaban los tripulantes, por la red de parlantes). No resultó alentador para la paz, escuchar el resultado de las votaciones en la Naciones Unidas (ONU), en la Organización de Estados Americanos (OEA) o las discusiones para la aplicación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR). Más deprimente aún, fue saber de los fallidos intentos trilaterales de paz (Argentina-EE.UU.-Inglaterra).

En la tarde del 24, llegaron nuevas órdenes de operaciones y cambios en la organización de los grupos de tareas. Nuestro grupo se vio incrementado con dos destructores y un buque tanque de la flota de Yacimientos Petrolíferos Fiscales.

El día 28 se reunieron con el ARA “General Belgrano” al norte de Isla de los Estados, los destructores ARA Piedra Buena, Bouchard y el Petrolero de YPF Puerto Rosales. Entre las caletas de la isla estaba el Aviso ARA Gurruchaga con sus 50 tripulantes, en tareas de apoyo dispuestas por el Área Naval Austral.

Grupo de Tareas 79.3:
* C4 - Crucero ARA GENERAL BELGRANO
* D26 - Destructor ARA BOUCHARD
* D29 – Destructor ARA PIEDRA BUENA
*Buque Tanque de YPF PUERTO ROSALES

Área Naval Austral:
* A3 - Aviso GURRUCHAGA:

En la tarde del 30 de abril mientras navegábamos, el petrolero entregó combustible a los tres buques de guerra.
 

Maniobra comprometida en esos momentos por el riesgo de un ataque enemigo, pues se navegó muy próximo entre sí y con las mangueras conectadas. Así fue como mientras se reabastecía el Crucero ARA “General Belgrano”, se produjo una alarma de ataque aéreo y el comando ordenó cortar las mangueras para separar los buques a máxima velocidad, a fin de recuperar la libertad de acción. Finalmente resultó que el avión era argentino, con problemas en su equipo para responder automáticamente a nuestra señal de pedido de identificación.
 

El sábado 1° de mayo realizamos la aproximación para acercarnos al petrolero que nos daría combustible y al quedar paralelos a 20 metro entre si, se igualaron las velocidades y se conectó la manguera entre los dos buques. Luego de 2 horas "enganchados", nos alejamos rápidamente para cumplir nuestra misión, con rumbo hacia el Este en acercamiento a la flota británica, acompañados por los destructores Bouchard y Piedra Buena, mientras el Puerto Rosales quedó estacionado en la Isla de los Estados.

Alas 14 horas, dejamos atrás Isla de los Estados y entre penumbras vimos la punta del Cabo San Juan. Con un poco de imaginación se podía divisar el faro ya inexistente, plantado en 1884 en ese lugar, por la visión soberana del Tte. Coronel de Marina Luis Piedra Buena.

Antes que la noche se hiciera cómplice de lluvias y vientos, el helicóptero decoló de la toldilla para mirar más allá de nuestro horizonte. Si bien el Crucero ARA “General Belgrano” tenía radares cuyas emisiones llegaban a mas de 100 km, debían usarse en períodos de pocos segundos para disminuir la probabilidad que sus ondas fueran detectadas por el enemigo y se delatara nuestra presencia. Se repitió aquí la misma prevención que con las comunicaciones. En cuanto a las distintas claves usadas en nuestra flota para camuflar el texto, no podíamos asegurar su absoluta seguridad, dada la posibilidad que el enemigo estuviera en aptitud de descriptar nuestros mensajes.

Los mensajes recibidos eran descifrados en una sala especial y llevados al comandante. Esa tarde se acumularon varios, lo que fue una clara señal de importantes operaciones. Algunos dieron la posición de buques enemigos avistados por los vuelos de reconocimiento. También incluyeron buques mercantes neutrales en el área de operaciones; supimos de tres pesqueros japoneses, estacionados con sus redes largas sobre el Banco Burwood.

La razón de nuestra incursión hacia el Este, obedeció a la orden de constituir con nuestro grupo 79.3 el brazo sur de un ataque en pinza a realizar en las próximas horas, sobre las fuerzas británicas estacionadas al este de las Islas Malvinas. Otros buques argentinos entre los que estaba el portaaviones 25 de Mayo, conformaban el brazo norte de esa pinza.

Sabíamos que en un encuentro con submarinos nucleares ingleses, nuestras probabilidades de éxito disminuirían mucho. La velocidad en inmersión y la casi inagotable capacidad de permanecer sumergidos, les daban una superioridad imposible de contrarrestar con nuestros medios.

Las horas de ese sábado parecieron correr más rápido de lo normal; o tal vez se nos aceleró el pulso. La noche nos encontró cubriendo puestos de combate y preparados para cualquier contingencia.

Las horas siguientes no fueron cómodas ni agradables para quienes debían permanecer en puestos de combate a la intemperie con sensación térmica de 10°C bajo cero. En este aspecto otros estaban más resguardados realizando tareas cubiertas abajo.

En la noche del sábado pasamos por el borde sur del Banco Burwood, con rumbo al Este, sin otra novedad que la severa vigilia. En el exterior sólo se percibían tenues resplandores de los diales de los cañones. La noche se presentó lluviosa y las olas de 8 metros que saltaban en la proa, complicaron el tránsito en esa zona. Las 13.000 toneladas del Crucero ARA “General Belgrano” ayudaron para atenuar el vaivén del mar, lo que no ocurrió con los destructores, mucho más cortos y angostos.

La travesía se realizó con rumbos en zigzag por parte de las tres unidades, sobre una dirección base.

En el puente de comando predominaba el silencio y los cambios de rumbo ordenados por teléfonos especiales sonaban como un susurro. El timonel de combate estaba una cubierta más abajo, en la timonera. Existía la posibilidad de comunicarse directamente a la voz, en caso de emergencia, a través de una antigua pero segura bocina de bronce.

Al comenzar el día 2, se envió a los destructores un mensaje que dispuso adoptar a partir de las 05:30 hs, un rumbo en dirección a los buques enemigos. Cada milla de avance acortaba la distancia a esa fuerza, de manera que las siguientes horas nos acercaban al enfrentamiento. Durante la tensa espera de los artilleros, se continuaron los ejercicios de puntería y desde el director de tiro se simularon blancos de superficie y aéreos, reproduciendo una eventual realidad. Entramos entonces en las 200 millas de los portaaviones ingleses y bajo la amenaza de los aviones Sea-Harriers.

Faltando poco para cumplirse el plazo fijado, se recibió un mensaje del Comando Superior con nuevas órdenes. Esa fue la razón de que a las 05:30 hs cambiáramos el rumbo hacia el Oeste en dirección a un área de espera. El viento había rotado y volvíamos a tenerlo de proa. Al amanecer encontramos un cielo con gruesos nubarrones. Junto al barómetro que seguía bajando, nos convencimos que el mal tiempo se convertiría en temporal y mar de fondo, lo que no era extraño en el mar argentino austral, por el permanente pasaje de bajas presiones por el Drake y las profundidades de 3.000 a 5.000 metros en la zona.

A media mañana del domingo 2, salimos del radio de acción de los aviones enemigos y se ordenó pasar de la condición de combate - en la que cubría el 100% de la dotación - a la de crucero de guerra (véase cuadro a la derecha). Los lapsos para cubrir los puestos se habían acortado con el adiestramiento, hasta llegarse a dar el "listo" al minuto de sonar la alarma, lo que podía considerarse óptimo.